Entre-vistas Lij


"Conversación en el parque…"

Entrevista con Carlo Frabetti


Por Darío Hernández (*)

Carlo Frabetti, escritor y matemático, cultiva asiduamente la divulgación científica y la literatura infantil. Ha publicado más de cincuenta libros para niños y jóvenes, entre los que cabe destacar Maldita física, Malditas matemáticas. Alicia en el país de los números, El gran juego, La magia más poderosa y Calvina (Premio El Barco de Vapor 2007 y White Raven en la Feria de Bolonia). En 2012 fue galardonado con el Premio Internacional de Literatura Infantil otorgado por la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) por el conjunto de su obra. Entre sus libros para adultos figuran las novelas Los jardines cifrados, El libro infierno, La amistad desnuda, La bola de cristal y La torre de Hanói, así como los ensayos Contra el Imperio, Socialismo científico, El juego de la ciencia (recopilación de artículos publicados en la sección del mismo nombre del desaparecido diario Público) y El huevo o la gallina. Sus artículos sobre política y cultura aparecen regularmente en periódicos digitales como El Hurón, Insurgente y Kaos en la Red. También ha cultivado la televisión, el teatro, el cine y el cómic. Fue creador y guionista del galardonado programa La bola de cristal de Televisión Española. Es miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York, miembro fundador de la Alianza de Intelectuales Antiimperialistas y Presidente de la Asociación Contra la Tortura.

D.H.― Además de escritor, eres matemático… Es genial la forma en la que a menudo has aprovechado la literatura infantil y juvenil para divulgar la ciencia. Novelas tuyas como El gran juego (Premio Jaén de Narrativa Juvenil en 1998) o Malditas matemáticas. Alicia en el país de los números son magistrales ejemplos de esto. Me gustaría que me hablases un poco de ellas, ¿qué te animó a componerlas?

C.F.― Desde que era muy joven me asombra y me preocupa el escaso interés ‒por no decir aversión‒ hacia las matemáticas que muestran muchas personas, incluso personas cultas e interesadas por aprender. Y creo que esto se debe, en gran medida, a que se enseñan muy mal. Cuando las niñas y niños que leen mis libros me preguntan: “¿Cómo consigues que las matemáticas sean divertidas?”, yo les contesto que lo sorprendente es que algunos consigan que sean aburridas. En mis novelas, tanto infantiles y juveniles como para adultos, intento mostrar a las lectoras y lectores el rostro amable de las matemáticas. Que es su verdadero rostro.

D.H.― En relación con esto de aprovechar la literatura para la transmisión de diversos conocimientos (científicos, históricos, etcétera), cabe hablar de la propia introducción de valores morales en las obras, que es algo común en el ámbito literario, pero sobre todo en la producción de literatura infantil y juvenil. Según tú, ¿cuál es la mejor manera de trabajar literariamente estos valores sin caer en estériles maniqueísmos ni en manipulaciones ideológicas de los lectores?  

C.F.― Creo que la mejor manera es invitar a las jóvenes lectoras y lectores a reflexionar sobre determinados temas, describir situaciones de las que se desprende que es mejor colaborar que competir. Hay que huir de la moralina que durante mucho tiempo ha convertido la LIJ en un producto seudodidáctico y adoctrinador.

D.H.― Considero admirable por tu parte, por ejemplo, el haber tratado un asunto como la homosexualidad con tanta naturalidad y frescura como lo hiciste en El ángel terrible. ¿Crees que siguen existiendo problemas a la hora de abordar determinados temas en la literatura infantil y juvenil?

C.F.― Sí, e incluso cabe hablar de censura pura y dura. Y la presión de la Iglesia (que controla gran parte de los colegios, principales clientes de los editores de LIJ) sigue siendo muy considerable. Yo mismo (aunque, paradójicamente, obtuve el Premio de la Comisión Católica para la Infancia) he tenido bastantes problemas en ese sentido.

D.H.― El humor es un componente fundamental en muchas de tus obras. Creo personalmente que el humor es en ocasiones la mejor de las vías para profundizar en asuntos verdaderamente trascendentes, pero evitando con ello los miedos o prejuicios que podría generar su tratamiento desde unas posturas más serias. No sé si en alguna ocasión has experimentado esto que estoy diciendo…

C.F.― El humor es una de nuestras herramientas más importantes, sobre todo a la hora de comunicarnos con las niñas y niños que se acercan por primera vez a cuestiones complejas y a menudo conflictivas. El humor es como un yudo mental que nos permite derribar a enemigos muy fuertes aprovechando el mismo impulso con que nos atacan.

D.H.― Una de tus obras más conocidas, en la que mezclas humor y fantasía, es El vampiro vegetariano… ¿De dónde surgió esa idea de un vampiro aparentemente inofensivo, que bebe jugo de tomate en vez de sangre? Además, no es la única novela tuya en la que aparece este tipo de extraños vampiros...

C.F.― Se podría decir que el vampiro vegetariano soy yo mismo, o intento serlo. Esta sociedad brutal intenta convertirnos en depredadores, y si no nos resistimos con todas nuestras fuerzas, si no abrazamos el vegetarianismo (también en sentido literal: el carnivorismo es la perfecta metáfora ‒o metonimia‒ del capitalismo salvaje), acabamos siendo vampiros morales.

D.H.― ¿Dónde situarías el límite entre la literatura infanto-juvenil y la adulta? Muchos son los casos en los que esta frontera se ha desfigurado. Pienso, por ejemplo, en la novela Platero y yo, que durante mucho tiempo ha sido leída como libro infantil, pero que, realmente, no lo es… El propio Juan Ramón Jiménez llegó a advertir en su momento que Platero y yo no era “un libro escrito sino escojido para los niños”…

C.F.― Dice Michel Tournier que literatura infantil es la que también pueden leer los niños, y me parece una buena definición. No debería haber libros exclusivamente infantiles, pues, como dice C. S. Lewis, no vale la pena leer un libro a los diez años si no vale la pena leerlo también a los cincuenta.

D.H.― ¿Cuáles han sido los autores que más han influido en tu producción literaria infantil y juvenil? Entiendo que hay clásicos ineludibles, como Perrault, los hermanos Grimm o Andersen, pero seguramente hay algunos más modernos que te han influenciado también…

C.F.― En primer lugar y por encima de todos los demás, Lewis Carroll. Y luego Collodi, Buzzati, Calvino, Rodari (¿se nota que soy italiano?), Poe, Twain, Verne, Wells… Cada buen libro que leemos es una clase de literatura, y cada buen/a escritor/a un/a maestro/a.

D.H.― En teoría, los niños reciben mejor unos géneros que otros. Al menos, parecen gustarle, sobre todo, los poemas rimados cercanos a la canción y los relatos maravillosos, especialmente si van acompañados de ilustraciones. ¿Coincides con esta afirmación?

C.F.― Tanto las ilustraciones como las rimas ayudan a las niñas y niños más pequeños a comprender y retener las historias. Pero llega un momento en que las ilustraciones se convierten en una interferencia, hasta el punto de que a veces rechazan los libros ilustrados porque los consideran demasiado infantiles.

D.H.― Muchos de los cuentos clásicos han sido adaptados cinematográficamente, principalmente por la factoría Disney, como por ejemplo La bella durmiente, Blancanieves, La Sirenita… En tu opinión, ¿han favorecido las adaptaciones cinematográficas a las grandes obras de la literatura infantil o las han perjudicado?

C.F.― La mayoría de los productos disneyanos banalizan y edulcoran ‒cuando no los tergiversan‒ los cuentos tradicionales y las grandes obras de la LIJ. Aunque hay que reconocer que algunas de sus películas de dibujos, como Pinocho, son auténticas obras maestras de la animación.

D.H.― ¿Te gustaría, no obstante, ver alguna de tus novelas infantiles o juveniles convertida en serie o película de animación?

C.F. ― Me gustaría, siempre que la adaptación no se quedara en lo meramente anecdótico. No creo que mis novelas sean fáciles de llevar al cine, pues la reflexión desempeña en ellas un papel fundamental.

D.H.― No me gustaría pasar por alto el hecho de que en los años ochenta fuiste uno de los guionistas del famoso programa de Televisión Española La Bola de Cristal (1984-1988), a menudo puesto como símbolo de otra manera de entender la televisión para niños y jóvenes. Luego también colaboraste como guionista en El duende del globo, de 1991, y, poco más tarde, en Colorín Colorado, de 1993. Desde tu punto de vista, ¿crees que la programación infantil de los canales españoles de televisión ha ido perdiendo calidad e interés?

C.F.― Sin duda. Hubo un tiempo en el que, por puro descontrol de los poderes establecidos, se pudieron hacer en televisión cosas ahora impensables (de hecho, La Bola de Cristal se la cargaron en pleno éxito alegando que era propaganda marxista). Y, por cierto, no fui “uno de los guionistas”: yo creé el programa y sus personajes y le puse nombre, y en su primera etapa fui el único guionista; por razones que no vienen al caso, se intentó negar mi paternidad y minimizar mi participación en el programa.

D.H.― Es difícil aceptar, sin más, afirmaciones que, sin embargo, vienen amparadas por la estadística; me refiero a aseveraciones como la de que en España se lee poco; que los niños, adolescentes y jóvenes leen poco y no se interesan por la literatura. De ser así, estamos ante un grave problema…

C.F.― No creo que las niñas y niños lean poco; los que leen poco son los adultos. En la adolescencia se produce un bajón, sí, pero yo creo que es saludable que los adolescentes se interesen más por sus congéneres que por los libros. El problema es que, a menudo, descartan los libros para dedicarse a los videojuegos y otras formas de evasión poco socializadoras. Pero el verdadero problema es que, de mil maneras explícitas y solapadas, los invitamos sin cesar a competir, a tener más que los demás (en vez de ser más con los demás).

D.H.― Otra cuestión que afecta a las nuevas generaciones de lectores es la de los formatos de publicación. En los últimos años hemos asistido a la propagación del libro electrónico. ¿Eres de los escritores que se muestran reacios a estos nuevos soportes de edición?

C.F.― Creo que el libro electrónico es un magnífico invento y que ya es beneficioso para la difusión de la lectura (aunque yo prefiero el papel, sobre todo porque tengo la casa llena de libros por leer o releer).






* Darío Hernández es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (Tenerife, Islas Canarias, España).


No hay comentarios: